Un día, después de un sueño inquieto, se despertó convertida en algo que no consiguió identificar en un primer momento. Se sentía liviana y entumecida, pero no prestó atención a estas sensaciones porque lo primero en lo que se fijaron sus ojos nada más abrirlos fue en aquel gran espejo de cuerpo entero que conocía tan bien, situado delante de su lecho.
En él se distinguía su habitación, tal y como la recordaba. Pero la cama estaba hecha y sobre ella se erguía una figura inmóvil que la miraba horrorizada. Tardó unos instantes en darse cuenta de que aquella muchacha casi transparente era ella.
Se palpó el cuerpo, insegura de lo que sentiría al hacer contacto, pero se sorprendió al notar nítidamente su piel tersa y suave bajo su mano, porque seguía siendo translúcida.
Se levantó de la cama para inspeccionar el espejo, por si tenía algún fallo, pero al erguirse completamente se asombró de que sus pies no tocaran en suelo, sino que levitaban sobre él. Se acercó al espejo y, al rozar las yemas de sus dedos su superficie, ésta cambió de color. Se tronó de un azul zafiro. Aquel era el color más hermoso que había visto en toda su existencia, por eso la atrajo de tal manera que, inconscientemente, alargó de nuevo la mano para acariciar el pulido espejo, pero en lugar de hallar la sólida y firme barrera, su mano se sumergió sin ningún ruido en un material líquido y suave como el satén. Las ondas que se expandieron por aquella maravilla la hipnotizaron hasta que terminó sumergiendo en ellas la cabeza. De repente, algo tiró de ella y la lanzó al espejo.
Atravesó limpiamente aquel material tan agradable. En un primer momento se aterrorizó de poder ahogarse, pero al poco tiempo comprobó que no necesitaba respirar. Aquella novedad le hizo darse cuenta de que todos los acontecimientos que estaban ocurriendo habían eclipsado su mente, intentando entrar todos a la vez. Mientras cavilaba, una sombra se fue acercando por su espalda sigilosamente y la agarró del brazo. Ella se sobresaltó e intentó girarse para ver el rostro de su atacante, pero no se lo permitió. Lo único que pudo adivinar fue que su atacante era una chica de aproximadamente su misma edad, debido a la presión de sus pechos en su espalda y la forma delicada de sus manos. La mantuvo prisionera durante un tiempo indefinido. Cuando empezó a sentir calambres en casi todos sus músculos divisó una luz anaranjada a través del material en el que se encontraban. Cuando la luz se aproximó tanto que podría haberla tocado si estiraba los dedos, su atacante la empujó con violencia hacia ella. En ese momento perdió el sentido.
Se despertó en un lugar desconocido bañado por aquella luz naranja que había visto antes. Se puso en pie, dándose cuenta de que en ese lugar sí tocaba el suelo, además de que había dejado de ser translúcida. En ese momento, su atacante volvió a abalanzarse sobre ella. Las dos rodaron por el suelo, convertidas en una maraña de puños y piernas. Al final ganó a su atacante y la tumbó en el suelo para inspeccionarla.
Iba vestida con ropa muy ceñida, elástica, muy cómoda, completamente negra. No había ni una solo prenda que llevara que fuese de otro color. El rostro lo llevaba cubierto por una máscara (negra, por supuesto) que no apartó por respeto.
De repente, el cuerpo de la desconocida se tensó y unos instantes después desapareció.
Ya que no podía hacer nada más, anduvo y anduvo hasta el agotamiento. Cuando estaba a punto de desvanecerse, divisó a lo lejos una ciudad. La alcanzó después de que hubieran pasado varias horas, pero en aquel paisaje seguía predominando aquella luz naranja.
Allí se dirigió a un palacio, mientras todo el mundo la miraba con respeto y con temor, sin acercarse a ella. Una vez que hubo llegado allí, le abrieron las puertas sin preguntar nada y la guiaron hacia una enorme puerta, que ella abrió con esfuerzo. Dentro había una gran estancia en cuyo centro se encontraba un descomunal trono. Sobre él se sentaba su atacante.
La supuesta reina se levantó y avanzó hacia ella. Cuando llegó a su lado, se quitó la máscara, que enseñó un rostro delicado de facciones serenas y mirada sabia. Ella no cabía en su asombro, ¡era su rostro lo que estaba contemplando!
- Hermana- Dijo la reina- Eres bienvenida de nuevo.
- ¿Hermana? ¿De nuevo?- Repitió confusa.
- No lo recuerdas, pero somos hermanas, y este es tu mundo.
- ¡No! ¡No tengo ninguna hermana, y mi mundo es la Tierra!
- No. Ese mundo era una especie de zona de transición hasta que despertaras.
- ¿No puedo volver? – Preguntó mientras la miraba suplicante.
- No – Replicó fríamente su hermana.
- ¿Y qué se supone que debo hacer? – Preguntó confusa.
Su supuesta hermana le dedicó una fría sonrisa y, sacando dos espadas de un escondrijo le dijo:
-Vencerme.
- ¡¿Qué?! –Espetó, todavía más confusa. Pero la reina ya arremetía contra ella.
Después de una dura e igualada batalla que duró días, su hermana sucumbió bajo su espada.
Y, sosteniendo entre lágrimas su cadáver aún caliente, lloró amargamente durante más de dos meses. Cuando terminó, con una mirada que se había vuelto fría como el hielo, subió al trono y acogió el puesto de Reina.
Muchos años después, la Reina tuvo a dos pequeñas gemelas. En cuanto las vio, lloró como no había hecho desde que mató a su hermana. Sabía lo que tenía que hacer, igual que su madre también lo supo al enviarla a la Tierra.
Y así, entre lágrimas, eligió a la gemela que vio antes la luz y le besó la frente, para después enviarla a la Tierra, donde crecería sin saber su futuro ni su identidad.
FIN.
:) Espero que os haya gustado,
adiós.

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